¿Cuanto vamos a ganar?

 

Soy de los que mantienen que el Banco de España prestó un gran servicio a los ahorradores e inversores de nuestro país al hacer su recomendación sobre la limitación de la retribución de los depósitos a plazo. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Parece mentira que sólo aprendamos por la fuerza o porque no nos queda más remedio. Seguimos estudiando la noche antes del examen, y encima nos decepcionamos cuando vemos la baja calificación. Se acabaron las retribuciones ilógicas y exacerbadas de los depósitos a plazo. Se acabaron los atajos.


Lo anterior coincide con un nuevo término a incorporar a nuestro diccionario financiero: la represión financiera. A efectos de este artículo de opinión, sólo señalar que uno de sus efectos provoca que los tipos de interés estén artificialmente bajos, lo que conduce a tipos de interés reales negativos. Incluso han existido emisiones de bonos soberanos con tipos nominales inferiores a cero. Algunos inversores estaban dispuestos a pagar al tesoro alemán con tal de poder comprar sus bonos.

Este entorno no invalida los principios básicos que cualquier inversor debe tener presente cuando construye su cartera. O mejor, cuando se sienta con su asesor financiero y le pregunta “cuánto vamos a ganar”, obviando, tal vez de manera intencionada, que no debemos olvidar el riesgo cuando nos fijemos objetivos de rentabilidad.

Así, y para cualquier perfil de riesgo, el primer objetivo a la hora de plantearnos si hemos tenido éxito en la gestión de nuestras inversiones, es batir a la referencia monetaria. Como tal podríamos tomar el Euribor a doce meses, o la Letra del Tesoro al mismo plazo.

El siguiente escalón debe ser batir a la inflación. Es un objetivo prioritario que nuestro capital no pierda valor, capacidad de compra. Que en términos reales valga lo mismo.

Y un tercer escalón lo podríamos fijar en las tasas a las que remunera el sistema financiero los depósitos a plazo a doce meses. Lo menciono por su accesibilidad. Al fin y al cabo, cualquiera puede suscribir un depósito a plazo. Dejaremos la solvencia de la entidad para otro momento.

Por tanto, la rentabilidad mínima a esperar por nuestra cartera de inversión debe ser equivalente a la cifra que se encuentra en el último escalón de la escalera ascendente que hemos dibujado.

Hasta hace bien poco, lograr esa cifra era tan sencillo como realizar una imposición a plazo fijo a doce meses prácticamente en cualquier entidad financiera de nuestro mercado. Pero esos tiempos han acabado, esperemos que para siempre.

Así que volvamos al comienzo. No puede suceder que una familia media española dedique más tiempo a analizar qué televisión se va a comprar, comparando precios, visitando distintas tiendas, que a la gestión de sus inversiones.

Merece la pena invertir nuestro tiempo en adquirir los conocimientos mínimos necesarios para cuidar lo que tanto esfuerzo nos ha costado generar: nuestro ahorro. Y si no estamos dispuestos a ello, buscar el asesoramiento necesario para lograr tal fin. 

  Francisco J. Concepción
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